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El insondable camino de la lágrima excretada

agosto 25, 2011

Salgo del ascensor y me dirijo a mi puerta. La luz del pasillo se apaga. Doy dos pasos más tanteando la pared y llego frente la pared que da esquina al número 13. Negro. Tiento la cerradura para intentar clavar la llave. No lo consigo. Podría encender la luz y ahorrarme esfuerzos. Pero no lo hago. Es una vieja manía, desde donde alcanza mi memoria. Será por ahorrar energía. Será por la aventura. Será por cabezonería. O por simple vagancia. Vuelvo a tantear y clavo la llave. Cierro los ojos y sonrío. Satisfacción. (¿Era por el reto?). Giro y abro. La luz de la luna entra afilada por la ventana del salón y me escupe directamente a mi ojo derecho. Noto como mi tumor cerebral cae en vacío hasta rebotar entre las paredes de mi estómago, como una colilla lanzada desde el Alcázar. Con resentimiento. Me toco el ojo. Está húmedo. ¿Qué coño está pasando? ¿Porqué ahora? Miro a través de la ventana. No, no fue aquí. ¿De dónde surgió?

Pulso el nº 5 mientras me miro las encías en el espejo. Otra vieja manía. Las puertas del ascensor comienzan a cerrarse. Al tiempo, la puerta del hall se abre y de ella surgen unos rizos despeinados. Como un buen caballero, pongo la mano frente la metálica puerta del ascensor y permito pasar mi compañía de los próximos 20 segundos. Mujer de 45 años, gorda y desgarbada. Parecía no haberse peinados los rizos desde la última sonrisa. Manos callosas y ojos cansados. Su camiseta aireaba buena parte de sus caídos pechos. Fui educado y los miré por el rabillo del ojo durante unos segundos, como a una dama de alta alcurnia. Me mira. Se ruboriza. Pulsa el 4. Vuelve a mirarme de reojo. Se toca un rizo. No se mueve. Empiezo a mirarla con otros ojos. ¿Por qué? Hablo. –¿Lleva tiempo viviendo aquí? pregunto. –Sí, responde. Me acerco y la miro directamente a los ojos –¿Está usted casada? Mi pregunta la sorprende. Me mira extrañada y responde –sss…s…s….sí, balbuceando. Yo me perdí en los huidizos ojos, gordos y mal pintados. La sonreí. –Eso está bien… eso está bien… No responde. Gira y aprieta sus ojos al suelo. !Tin! Fin del round. El ascensor se frena como una lanzadera contra el océan0. Las puertas del cuarto se abren. Adiós. Miro el espejo. Vuelvo a mirarme las encías. ¡No fue aquí! ¿Dónde coño surgió?

Ricardo no encontraba su caballo y murió. Una lástima, era un mal tipo. Cierro el libro. Aún  quedaba parada y media para Vallecas y no tenía más que leer. Empecé a buscar entretenimiento en el vagón. Un hombre gordo y calvo sentado en un lateral canturrea con voz sorda los quejidos que surgían a través de sus auriculares. Entre sus piernas se bambolea una gran bolsa negra. Una cadenita de oro se filtraba en su cuello seboso. Mientras canturrea, sus huidizos ojos no acertaban donde posarse, como liebres recién enjauladas. Las manos se meneaban constantemente, agitando los dedos sin coordinación, como un conjunto de pollas de enanos en un bukake a la luz de las velas. Nuestras miradas se cruzaron en un aliento. Sonreí. El gordo clavó la cabeza en el suelo y continúo con su rutina. Parecía poseído. Pensé que en cualquier momento, el gordo nervioso se levantaría del asiento, dando piruetas en el aire, vomitando a las cuatro viejas que tenía delante; luego pararía, gritaría al cielo toda la mierda que le estaba pelando las pelotas y empezaría a dar golpes al lateral del vagón para intentar volcarlo. Bum. Bum. Bum. Un hipopótamo en una caja de caudales. Bum. Bum. Bum. Me vi a mi, al gordo, a las viejas, y a todos los desafortunados viajeros del cercanías, rodando por el vagón como bolas de lotería. Jajaja. Din, din, diiiiiiiin… Las viejas se levantaron y se mezclaron con varios punkis que esperaban frente la puerta. Vallecas. Me despejé la cabeza y me levanté. El gordo calvo hizo lo propio. Coge la bolsa y se la pone en el hombro. Un frenazo detiene el tiempo dentro del vagón. Era verano, conductor novato. La cara del gordo se moldea en sorpresa. Consigue amarrarse a una de las barras pero su bolsa no. Golpea a una de las viejas. -¡Ten cuidado, coño! La temperatura sube 4º. -Sinvergüenza, ¿no puedes mirar por donde vas? El resto de mujeres se apila en torno del gordinflón. -Ya no hay respeto por los mayores… que vergüenza…. -Ay dios mío a lo que estamos llegando… Era una cacería. Un monstruo Frankestein perseguido con antorchas y piedras por una población amargada. Una de las viejas le señalaba con el dedo. Otra comprobaba como estaba su compañera caída mientras lanzaba miradas de reproche al pobre gordo cabrón. La cuarta seguía gritando a los cielos pidiendo una salvación divina a tal injusticia. A lo Viejo Testamento. Los globosos ojos del calvo cabrón tintineaban como luciérnagas moribundas. Intentaba balbucear una disculpa, pero su estúpida cara no proyectaba ningún sonido. Las puertas del tren se abrieron y ya nada tuvo importancia. Un par de comentarios estúpidos más y un gordo calvo saliendo el último, avergonzado. La verdad es que la situación era jodidamente graciosa. Jajajajajaja. Entonces, ¿de dónde coño surgía? ¿ Quién coño la había llamado?

Sufría penitencia. Manubrio de infrarrojos en mano. Todo sueño merece una penitencia. Nadie regala caballos por sandías. Yo aceptaba la mía con resignación. Cagándome en los muertos de toda la humanidad, si… pero con resignación. Había sido bien educado. Entre batidora y GPS iba cavilando para mis adentros. Cavilaba en positivo. Pensaba que si sufría el infierno en la tierra me lo pasaría de puta madre en la otra vida. Luego recordaba que no creía en esas mierdas, y se me volvía a dibujar la cara de cajero amargado. Ya llevaba 4 horas sentado en el cubículo… cada vez quedaba menos para volver a casa y meter un buen trago de vino mientras miraba la filmografía de algún tipo muerto. Entonces lo vi ponerse en la cola. Mierda pensé, hoy me ha tocado. Era casi religión el hecho de que algún capullo con ganas de gresca se pusiera en la cola con ganas de tocar la moral a alguna cajera. La diversión del amargado. Un calvorota delgaducho con cadenas de plata, pasao de rosca y ojeras de prostituta de 55 años. Eso daba igual. Era su mirada lo que le delataba. Mirada de desprecio. Llegó y puso su asquerosa TV en la caja… pero se había olvidado algo; y dejo la mierda esa de 1 metro de largo enfrente de mi cara mientras buscaba algo con la sucia gorda de su perra en una pila de cables HDMI. Hice pasar a otro tío mientras que el capullo delgaducho se decidía. Llegó. Estaba cobrando al otro tipo. Nos miramos. Una de Sergio Leone. Llega su turno. Le cobró mientras el tipo habla con la piva que traía. -Joder, como me jode tener que esperar colas… Estrujo mi primer premolar izquierdo contra su gemelo. Suspiro. Soy un chico educado. Le paso sus mierdas por el manubrio y le digo la cuenta. Me saca una tarjeta regalo y un papelote arrugado. Le paso la tarjeta. Le digo la pasta que le falta por pagar. Me dice que se lo descuente del papelote que traía, que de ese no le habían dado ninguna tarjeta, que con eso valía. El calvorota delgaducho quería que le cobrase con otro ticket. Le miré como a un ornitorrinco. -Perdone, pero esto no se puede pasar por caja… (demasiado educado). El tipo venía preparado: -Como que no, pues a mi me han dado esto así que tiene que valer… no me jodas que son 300 pavos… pásalo ostias… Canino contra canino. Una educación jodidamente correcta, que putada. -Mire sssssssseñor, pensando que mis eses podrían ser balas, esto no se lo van a aceptar en ningún sitio ¡sólo es un p…! sólo es un ticket, sssssssseñor…Y que coño quieres que haga ahora.  Ahorcarte con la cadena, pensé. No lo dije. Seguía siendo el mismo capullo educado. Además, necesitaba ese puto trabajo. Chachipirulandia no era barato. –Mire, dije, voy a llamar a mi jefa y así ella puede explicárselo convenientemente, ssssssseñor. Se había formado una cola más larga que en un paredón alemán en el 41. Los más cercanos miraban con desprecio al delgaducho calvorota y a su perrita zumbona; los más alejados pedían mi cabeza. Sabía lo que pensaban. Cajero, seguro que es un gilipoyas que no sabe ni sumar. No les culpo. Mi jefa llegó y le dijo al calvorota lo mismo que yo le había dicho, con el mismo tono y con la misma cara de aguante que la mía. Era una buena mujer. El calvorota replicó en un idioma extraño, un dialecto castellano de los aparcamientos de la Radical o algo así. Sacó un fajo de billetes y me largo 300 euros como el que se la sacude después de mear. Luego se fue con su perrita diciendo que le habían robado, pidiendo justicia por la putada que le habíamos hecho. Me mire con la jefa. Suspiramos al unísono y continué con mi rutina. En dos ebooks y un par de PS3 volví a pensar en el trago de vino ¿De aquí imposible? ¿De aquí no surgió? ¿Entonces de donde coño vino? Buuufffff…

Chachipirulandia estaba bien, pero a veces me pudría las ideas con su humo glaseado. Había que filtrar. Salí a la puerta y me encontré con un compañero. Fumamos y hablamos. Me contó una historia. Un lio de faldas. Se había tirado a la mejor amiga de su reciente ex-novia. Se encontraba en una encrucijada moral. Sentía que había echo mal. Aún quería a su ex. Le pregunté si la amiga estaba buena. Respuesta afirmativa. No encontraba el problema. El se río, tiró su cigarro y sacó otro. No era tan fácil para él. Empezó a contarme los años de felicidad que había pasado con su ex, buenos momentos, malos momentos, etc. Yo asentía y note como empezaba a desdibujarme frente su cara. Es increíble lo que la gente puede llegar a contarte sólo por simular interés y asentir repetidamente al final de cada frase. Te conviertes en el perfecto escucha. Un buen pañuelo. A la mayoría no nos interesa la opinión de los demás, menos aún en temas personales. Ya tenemos nuestra opinión creada. Y nadie la va a cambiar. No necesitas escuchar el sabio consejo que pueda cambiar cada resquicio de irrealidad que te has creado alrededor de tu estúpida existencia. No lo quieres escuchar. No quieres a alguien que abra constantemente la boca destrozando el soliloquio que tan difícilmente habías construido en tu cabeza. No. Sólo necesitas una cara amiga, con un resorte de asentimiento y con la mirada pérdida como una vaca en el matadero. Un buen lugar donde vomitar. –¿Verdad que sí? acerté a escuchar. –Si tío, tienes toda la razón. Eso es lo único que el necesitaba escuchar. Soy un buen colega. Encendimos otro cigarro y hablamos de rodajes pasados. Desde el balcón una vecina nos tiró las migas que habían quedado en su mantel tras la comida. Los vecinos nos odiaban. Para ellos no éramos estudiantes de cine. Sólo éramos un atajo de hijos de puta que dejaban colillas y escupitajos en la calle, unos desgraciados que nos poníamos a hablar y reír bajo sus sagrados aposentos. Escoria. Miramos hacia arriba. La vecina nos miraba desafiante. Lo dejamos correr. Si la liabas llamaban a la policía y la cosa se ponía fea. Miré al suelo. Entre las migas había un hueso de pollo. Eso me recordó que aún no había comido. Me despedí de mi amigo y me fui a por mi sandwich para comérmelo de camino al curro. Baje la cuesta bajo el fuego abrasador entre el hedor de los meados de los yonquis de la zona. Llegué al cercanías y me sumergí dirección Leganés. El Infierno esperaba. Tenía un sandwich y un buen libro a punto de terminar. Me iba bien. ¿Aquí imposible, aquí no pudo ser? Entonces, ¿dónde surgió?

El midi del “Final Fight” me levantó de un salto de la cama. Mire a todos lados. Seguía en Madrid. Mire por la ventana. Los obreros de los ascensores ya estaban currando en la fábrica. El sol entraba asfixiante por la ventana. Me senté en la cama y me toque el pelo. Estaba empapado. ¿Ocurría algo? Mire mi almohada, tenía un buen charquito húmedo de baba. Metí la mano en mis gayumbos. Una buena erección mañanera. Todo estaba en orden. Oh no… Miré mi guitarra. Un fogonazo flasheó mi cabeza, como un fotograma mal montado. (Una luna, una mirada pérdida, un largo paseo). Mierda. Mierda, mierda y mierda. Esa noche mi cerebro la había cagado. No recordaba donde había rebuscado, pero la había cagado. Me giré y miré la mancha húmeda de mi almohada. Estaba más arriba de lo normal. La toque. Me lamí el dedo. Estaba salada. Mierda, iba a tener jodienda ese día. No sabía cuando pero llegaría. Me puse unos pantalones cortos y fui a tomar mi café matutino. El temor se disipó. Puse la radio. U2. Mola.

Una mañana de regreso en la capital

julio 10, 2011

Una sacudida del autobús me despierta. Miro por la ventanilla. No veo nada. Me quito las gafas de sol y vuelvo a intentarlo. Parece que he llegado. Catacumbas del olvido, nivel –3, con sus murciélagos y todo… intercambiador de Plaza Elíptica. Tan acogedor como un ataúd abierto. Llevaba varios días en mi población natal bailando con piruletas y disfrutando el crepitar del viento entre los árboles. Iba siendo hora de retornar a la necrópolis madrileña. Tanto dulce seca la boca.

Las puertas del autobús se abren y una manada de bípedos galopantes lo abandonan sin mirar atrás. Amas de casa amargadas y cadavéricos capitales primero. Esperé a que terminase el desfile, prestando especial atención a unas falditas juguetonas bajo melenas rubias que bajaban con dificultad. Me imagino haciéndome un trío con las dos guiris, cojo mi mochila y salgo. Esnifo vapor de combustible y me ciego con los fluorescentes de la estación. De nuevo en casa. Me pongo las gafas de sol y me dirijo a la boca del metro. Las dos fierecillas extranjeras miraban a todos lados buscando un sentido a su vida. Pronto dos muchachos encrestados fueron a dárselo (sentido digo). Se fueron juntos bajo un halo de risas y miradas cómplices. Esa noche jugarían al parchís. Los miré distraídos mientras alcanzaba las escaleras mecánicas. El sonido infernal de las escaleras sólo se cortaba por la conversación animada entre dos moras, ataviadas como dicta su religión. Siempre me he preguntado que se esconde debajo de esos largos vestidos. Una amiga lejana decía que se ponían lencería fina para sentirse bien consigo mismas, aunque luego tuvieran que cubrirse con ese saco de patatas. Yo creo que dentro de un saco encuentras lo que pone en la etiqueta. Llegando al metro saqué la cartera y busqué una faldita con la que entretener mi recorrido. Llevaba cinco minutos en la capital y ya notaba los retortijones en el estómago. Un gran laxante de vicio.

El metro está en obras. Que sorpresa. Llegado el verano era tradición poner patas arriba los artilugios de los pobres. Que se note para que se pagan sueldos. Tenía que alcanzar Príncipe Pío en menos de una hora. Y llegado al andén central de la estación de metro Plaza Elíptica me surgió la misma duda de siempre… ¿metro de la derecha o metro de la izquierda? Mierda. Como todo estaba patas arriba no había ni un puto cartel indicativo, o al menos yo no lo veía. El rugir del kraken me alcanzaba desde ambos lados y dos de sus brazos en blanco y azul aparecieron a ambos lados. Mierda doble. Busqué ansioso el puto cartel informativo… nada… derecha o izquierda… joder, me sentía como un lugareño en plena guerra civil… derecha o izquierda… derecha o izquierda… hice lo más inteligente, miré a ambos lados y analicé los congéneres con los que tendría que compartir la travesía… morena, bajita con buenas tetas y culo resultón, mirada triste y pelo largo… ¡perfecto! Entró a la izquierda, la seguí. Enseguida sentí que ese no era mi lugar. El kraken pitó y las puertas se cerraron… al otro lado vi una rubia que me miraba curiosa (normal, pensé). Tenía unos ojos preciosos. Me penetraban. Sus ojos se deslizaron en la dirección inversa que yo tomaba. Las ventanillas se pintaron de negro y miré a la morena bajita. Parecía estar riéndose de mi. ¡Mierda, había cogido el metro en la dirección equivocada!

Bajé en el andén de Usera. Dije adiós a la morena con la mano y ésta miro hacia otro lado. Hiena, pensé. Mientras subía las escaleras recordé que tenía algo pendiente por aquí. Estuve trabajando unos meses dando clases extraescolares a unos chavales a través de una agencia. Un atajo de perros explotadores que ofrecían servicios de segunda para un atajo de niñatos a los que sus madres creían copos de nieve. La oficina central estaba aquí y aún me debían un cheque de las últimas clases, así que fui a por la pasta. Que puta es la casualidad. Subí hasta el mundo exterior y por primera vez el sol se reflejó en mis gafas. La ciudad en verano era diferente. Los vestidos eran más cortos. En un banco había unas chicas gritando a un par de muñecos de feria con gorra y pendientes. Reían entre ellas. Una de ellas, con cara de madame, abría su mano más y más mientras las otras la miraban sorprendidas. –Ni de coña, decía una chiquitaja con un top rosa. La madame se reía. –Tu te lo pierdes, jajajaja. Los muñecos pararon bajo un árbol y las miraban mientras fumaban. Hablaban entre ellos y reían. Seguro que estaban hablando del mineralismo. Pasé junto las chiquillas, sintiendo el fulgor de los cuerpos jóvenes en plena ebullición. Miré las piernas de la madame y vi una gotita destellante bajando lentamente por el muslo. Densa. Muy densa. Relamí mis labios y me dirigí a las oficinas de la agencia.

Llamé al timbre. No había respuesta. Estaba en un pasillo oscuro en mitad de Usera. Si hubiese tenido un arma le habría quitado el seguro. Volví a llamar. Un sonoro timbrazo abrió la puerta. Esperé por si Igor se ofrecía a darme paso. Igor no estaba así que entre yo sólo. Dentro nada raro. Una mujer de rizos despeinados me dio un buenos días distraído y me preguntó que quería. –Venía a cobrar. –Espere a que llegue Marta, ha salido. –No está Marta, vaya vaya. Ricitos me miró con extrañeza y se fue detrás de su mesa a ponerse una capa de invisibilidad. Me senté enfrente del despacho de Marta y esperé. Dos chicas entraron a la sala, jóvenes, pihippiescas, desaliñadas, firmes. Venían a lo mismo. Se quedaron de pie. Las ofrecí asiento. Una fue al baño la otra dudo por un momento y al final se sentó a mi lado. ¿No se que habría hecho si la hubiese ofrecido una copa? Sacó su móvil. Se ve que tenía ganas de hablar. –¿Llevas tiempo currando en ésto?, la pregunté. –Si. -¿Te gusta?. –Si. No quitaba la mirada del móvil y a cada respuesta le temblaba la mano. –Seguro que eres una gran profesora. Se sonrió mirando al móvil y me miro durante una milésima de segundo mientras se tocaba el pelo con la mano que le quedaba libre. No era muy ducha en sarcasmo. Me levanté e investigué la oficina. Había varias personas, cada una a lo suyo. No reparaban en nosotros. Seguro que si hubiese violado a la nerviosilla del móvil en mitad del hall nadie hubiera dicho nada. La puerta de entrada volvió a sonar y un ente femenino hizo aparición. El ogro Marta había llegado. La chica del baño salió y se sentó junto la nerviosilla. Hice lo propio. El ogro Marta pasó a nuestro lado sin ofrecernos una mirada. Se sentó pesada en su silla (hasta mi culo vibró en mi asiento) y miró a sus compañeros. Les dijo una gilipoyez y colocó unos papeles que tenía encima de la mesa dejándolos exactamente como estaban. Tenía ganas de currar. Se limpió unas miguitas que aún tenía en su camiseta del último niño que se zampó y habló con su voz celestial. –¡Bueno, que queréis!, todo amor. Me levanté y fui al primer round del ogro. Ahora si que me gustaría tener un arma.  Di mi nombre y el motivo de mi impertinencia. Cobrar. Se levantó y cogió una carpeta. –¿Cuando dejaste de dar clases?. –En abril, creo. El ogro Marta sacó una ficha con mi nombre. –¿Desde abril? Desde Febrero… las últimas clases las diste en Marzo. –Bueno, respondí. Nos sentamos en su mesa, uno frente al otro. La miré fijamente. Tenía un grano gigante bajo el mentón. Nunca había visto un grano en aquel lugar. Tampoco había visto a muchas mujeres con varios pelos largos en ese lugar. Era una mujer única. Ella no me miraba. Miraba los papeles con mi nombre. Sacó un cheque y me lo dio. 16´75 euros, menuda fiesta me iba a pegar. Me dio cuatro papeles para firmar. Firmé con mi boli. Se los dí, me dio el resto de papeles. Me levanté y me fui. Eso de hablar está sobrevalorado. Miré indiferente a las chiquillas que esperaban sentadas tras de mi. Nerviosilla se levantó y se dirigió al despacho del ogro Marta. Salí por la puerta mientras la oía entablar conversación con el enemigo. –Hola Marta, ¿qué tal la vida? –Mmmbuargh.

Salí de la oficina y el mundo aún seguía girando. Me alegré. Así podría gastar los 16´75 que había conseguido. Siempre que pudiera cambiar el asqueroso papelote que me había ofrecido el ogro Marta por dinero. Me encaminé de nuevo al metro, metódico. Ahora si que iba a Príncipe Pío. Tenía ganas de llegar a Chachipirulandia.

El aburrimiento del hermafroditismo

junio 26, 2011

Puesto que no puedo reencarnarme en el gusano del mezcal, continuo con el viaje bípedo. Al menos no te aburres. Siempre encuentras congéneres con los que intercambiar fluidos. Más divertido que jugar al hermafroditismo con la mano ¡Oh no! Los congéneres siempre tienen estúpidas excusas para olvidar las noches trágicas. Ofelias del mundo moderno. Adicción corrosiva.

Todo empieza con una sonrisa y un comentario hiriente. Ya estás atrapado. En ese momento empiezas a beberte toda la confianza que te permiten los 10 euros del bolsillo, y te conviertes en el gurú de la noche, un ente desprotegido dispuesto a saltar la trinchera para encontrar su miembro amputado entre las sangrientas manos. Frenesí. Y la noche te conduce a continuar la batalla, ya meteremos el miembro en alcohol.  Y así es. Cuando alcanzas el siguiente garito, con un exceso de confianza, pides tequila a la cara descompuesta del otro lado de la barra. Como un macho. Luego paga tu colega. Amistad, que gran defecto. Y ves como tus fieles seguidores se encadenan a tu protesta, sectarios engullidos por la noche sin mañana a la que contar como fue el ayer. Bailes, sarcasmo, erecciones y goteo sudoroso por el cuello. Sólo con la idea de agarrarle las tetas y corromper mis labios en un torbellino de sexo ingrato. Van al servicio. Miro a mi colega: “Empieza a buscar reemplazo que no quiero mirarme al espejo esta noche”. Vuelven. Con el plan inicial bajo su brazo. F.

El dinero se acaba. Ya no hay fondos en el bolsillo de mi colega. Pero los grandes siempre se guardan un as en la manga. Una casa, dos botellas de vodka e intenciones desvergonzadas. El mejor plan desde el aborto. Antes de llegar a casa, un imbécil casi atropella mi plan F. La botella estaba llena, no la pude utilizar como arma arrojadiza. Una pena.

El olor de humedad y los calzoncillos alfombrados no acompañaban la idílica velada. Raudo serví unos vasos mientras mi camarada embelesaba a nuestras invitadas con música complaciente. Gargantas húmedas, bragas mojadas. Viento en popa. Un brindis espontaneo por el devenir de una noche cojonuda. Y adiós modales. Me deslicé ante mi entrañable congénere y esbocé la peor de mis sonrisas. Acción. No hay nada más placentero en el mundo que beber los labios borrachos de una desconocida. Sabe a perversión. Monstruosa perversión. Me aparto, la miro a los ojos y veo enmarcada la ingenuidad. Todo marcha bien. El prolífico colega ya ha realizado su movimiento y ha cerrado la puerta de la habitación bajo un manto de risas, grititos y desatascador ¡Plof! Bajo mi foco, la ingenuidad se debatía si darme otro chupito de noche, o sucumbirlo en la taza del wáter. No di opción. No hay tiempo de cortesías. Un rápido abrazo dibuja la ignorancia bajo mi barba, sorbiendo cada probabilidad de indecisión que le haya permitido ese pequeño desliz. Con un abrazo de enano redondeo mi artimaña, y el gemido de placer me da la razón. Ahora mi mano también sabe a alcohol.

Olor hormonal. En dos pasos estábamos desnudos contra la pared. Dos perlitas de placer pedían lascivia eterna. Empecé a hablar con pelos en la boca, como los grandes adoctrinados. Y la ingenuidad se volvió etérea, como el fantasma del pasado. La misma pared iba a ser el mejor escenario para terminar la velada. Cientos de embestidas bamboleaban las coreográficas tetas. Las apreté. Llevaba deseándolo durante horas. Placer adulto. El alcohol hizo mella y seguimos el juego sobre el sofá. De color rojo. Una pena para mi confiado colega. Arriba. Abajo. Detrás. Colofón. Dio en mi punto débil y se termino el show. Fumamos dos cigarros entrelazados y nos disgregamos en nuestros sueños. Mitosis.

La mañana le dio la razón. Todo fue un error. Los labios resacosos solo se ofertan a la mejilla. La desnudez es vergüenza. El ayer un olvido. Una mirada sin ganas, palabras vacías que no necesitan ser recordadas. Un tacón roto. Me dispongo desnudo a coger el mando y acallar la estupidez de la razón con una ración de monigotes amarillos. Impávida me mira coqueta, deja caer un “ya nos veremos” y se desliza coja por el pasillo para darse de bruces con los rayos de sol. Mi poya se deprime al no recibir una recompensa matutina y se acuesta sin aliento entre mis piernas mientras el cerrar de la puerta acompaña un “¡Ouch!” emergente del televisor.

Porque Hemingway ya lo decía

junio 17, 2011

Y así es. Ya se lo decía yo a mi dicharachero amigo. El del sombrero de copa, el antifaz veneciano y la poya de caballo; sonrisa cortada con un Joker en la visera, y 5 ases en la manga, por si viene compañía. Y no me creía, mi enemigo (o era mi amigo) no me creía. Puto vino chino…. Y ya se lo decía, que no lo decía yo, que lo decía Hemingway, y no me creía. Pero yo si creo a Hemingway, compañero de profesión, alcohólico por supuesto, la única por la que merece la pena pagar; gran compañero, el puto capitán Pescanova, y un Casanova, enamorado de los toros, y las jugosas yeguas, ¿dónde hay una granja? Porque ya lo decía Ernest, también Ernesto, otro gran genio, del que no deberíamos rezumar en este periplo esperpéntico. Puto Hemingway, que razón tenía, por razón no es la falta, tampoco por ingenio, aunque estupidez no falta, la autentica condena del escéptico, carecer de ella. Y que decía Hemingway, que razón tendría, si yo logro hallarla, más no recuerdo donde la dejé. Busco entre bragas ensangrentadas y marcas de vaso sobre la alfombra; ¡no la encuetro! ¿Dónde está Hemingway? ¿Acaso me ha abandonado? Se ha olvidado de mi razón ¿Y que quería decirme? ¿Tendría razón? Como odio a Hemingway y su razón. Irracional. Ja. ¿Y dónde está ahora? Siguió su propio consejo, y ya no tiene nada sobre lo que escribir. Tragedia griega. Triste para muchos. Desternillante para algunos. jajajajajajjajajjaaja. y ja. ¿Podría hacer lo mismo? Si encuentro un par de cojones y un buen trozo de cuerda haré lo que decía Hemingway. Y que razón tenía. El puto Hemingway. El puto pescanova. Nadando con los peces. Corpore muerte in mens caput. ¿No dijo eso Hemingway?

Repatriando el ánimo

mayo 17, 2011

Para que desmentirlo. Me he estado cagando en la raza humana unas semanas. Nada personal. Desprecio insustancial. Uno se busca su propia fortuna. Y es increíble lo fácil que es caer en bancarrota. Y como quejarse es gratis, se culpa al vecino, al líder o a tu poya, omnipotente (mentira, omnipresente). Bonitas semanas, rezumando olvidos y reencuentros… olvidos del corazón, reencuentros con los sueños que te dan ánimos cada mañana para pivotar sobre tu culo y posar ambos pies en el suelo, aún cuando tiemblen con el despertador-resaca. No hay nada más gratificante que confraternizar con la calaña soñadora que te acompaña en tu perdición; elegida despóticamente, sin tiempo a recriminación y sin evaluación preventiva. Inevitable. Sabrosa. De esa manera las gotas de licor saben mejor, un fracaso desenmascarado, real. Puestos a perder, elegir tu propia derrota, la anti-derrota.

Derrota fue volver a vomitar orgasmos del pasado. Mierdas que no se olvidan de un año para otro. Derrota es pensar que no llegas. Cuando donde llegas es lo más lejos que nadie va a llegar. Derrota es abandonar el alcohol por la desidia, la autocompasión y el corpore gelatinoso en mens con ritual. Ja. Unas semanas estúpidas os lo puedo asegurar… así escribo. Como un estúpido. Ya me iré jactando.

Abandono o no

marzo 30, 2011

El abandono siempre empatiza. Es verdad. Empatiza. Y es fácil decir porqué. Todas las emociones ponzoñosas empatizan. Uno odia a ese tipo feliz que se presenta como una jodida viruta de oro en un campo de estiercol, ese maldito bastardo que está disfrutando de un amor auténtico, no como el de las películas; ese maldito cabrón que ha conseguido sacar adelante ese proyecto que tantas ganas tenías de realizar, y quedo en nada, perdido en el olvido, como semen bajo la ducha, con la misma pasión desperdiciada, el mismo sabor astringente en los labio; o ese maldito hijo de puta que se permite el lujo de pasearse en su desbordante descapotable para aparcar enfrente del teatro Español y jactarse de lo gran bohemio que es y de lo preocupado que está de la escasez de papel del culo en Somalia. Joder, como coño vas a empatizar con ese atajo de despojos sociales, sociables y socialmente aceptables. No. Uno empatiza con el dolor, con el mal. Eso dice mucho del carácter humano. ¡Qué especie tan divertida! Y con ese dolor empatizo yo. Y hoy a tocado el abandono. Pobre bastardo. Podía haber sido peor. Pero nunca se sabrá. Lo peor del abandono no es el hecho en sí, es aquello que te imaginas que podría pasar. No jode que te dejen tirado en mitad de ninguna parte con una excusa más estúpida que la de Judas. Que va. Lo que jode es imaginarte a donde podría haber llegado todo eso. Lo que se ha perdido. Ja. Que más da. Más mierda a la mochila. Un abrazo y un colega es la solución, o eso espero. Hay veces que más no se puede ofrecer.

También es jodido no ser abandonado. Pero ese es otro tema. Tantas imágenes en mi cabeza no me permiten conciliar una idea precisa de lo que quiero contar. Así que, a la mierda.

Cosmodemónica

marzo 19, 2011

Tras un día de lo más chachi piruli en el mundo de gominola que me he creado para hacer mis escapaditas cuando la mierda no huele demasiado, la cosmodemónica tienda de estupefacientes electrónicos, con su habitáculo de estudio para enanos, dio los malos días y volcó un camión de sal en chachipirulandia. No es que todo hubiera empezado bien. Tras una bonita erección matutina, los fantasmas del pasado irrumpieron con su hoces para cortar el hermoso tronco floreciente. Y así, esquejado, decidí lanzar mi cuerpo a las impasibles calles capitales. El olvidar un buen trago de rakia no hizo más que aumentar mi rabia. Sin embargo, logré llegar a chachipirulandia, y hasta había elefantes rosas, ¡que monos! Buagh, vaya mierda de  mañana bonita, es como el espejismo de una cantarera cachonda en mitad del desierto con dos buenas vasijas repletas de fría cerveza. Efímera. Ya entrada la tarde, la estúpida corriente chisposa de mis dos neuronas frontales bajó el consumo, no vaya a ser que nos cobren de más a fin de mes, y la tienda cosmodemónica hizo aparición con toda la mala hostia que conlleva. 4 horas de oscuridad, y ya sólo queda un despojo de herrumbre intentando transportarse por las oscuras e intransigentes calles capitales. ¡Que transmutación! Deberían habérselo dicho al imbécil del Dr. Jeckyll. Que se olvide de tomar esa porquería mutacional para saludar al señor Hyde. Si quiere ver a su amigo, no tiene más que pasarse por la cosmodemónica tienda de los horrores. No hay pérdida. Todo vestida de rojo tirando al sur, siempre hacia el sur. Aaay, Miller, Miller, que justicia hace tu palabra. Cosmodemónica.

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